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séquence

Séquence 60 [1 : 30 : 53 – 1 : 32 : 01]

 

dialogues

« Ahora viene lo mejor »

Extérieur jour
Manu, Javi et Rai assiste au spectacle des musiciens de rue (cf. séquence 17]
Rai
Ahora viene lo mejor. ¿Nunca habéis soñado que llovía dinero?
Manu
Yo sí. Muchas veces.
Rai
Y yo. Sobre todo de pequeño. Y también que de los grifos salía Coca Cola. ¿Y tú qué soñabas?
Javi
Es que no me acuerdo.
Canción Jesucristo García, Extremoduro

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Para esa época, Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendía. Pero mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. Úrsula, en
cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio.
—Es el olor del demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico, hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades.
El rudimentario laboratorio —sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores— estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía. Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogue. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población. Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante —un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años anteriores— y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se pasaba el día dando vueltas por la casa. "En el mundo están ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros." Quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades.

Gabriel García Marquez, Cien años de soledad, 1967, Ediciones Cátedra, 2004, Cap I

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Quino

Quino

Quino, dessin extrait de ¿Quién anda ahí?, 2012 [D.R.]

pistes pour l'analyse

Proponemos estudiar el presente dossier mediante la noción de mitos y héroes. El mito establece otra dimensión con la realidad en el sentido en que permite encontrar una explicación ficticia a lo irracional y, más allá, se convierte en el elemento catártico de los miedos y anhelos del Hombre desde el principio de los tiempos. La mitología griega, los mitos religiosos o de El Dorado no son sino la expresión de la fuerza creadora de la imaginación del hombre.

Los diferentes documentos propuestos establecen una dicotomía entre la realidad y el sueño concebido en su aspecto mítico. En efecto, la secuencia final de la película Barrios, aparece como un flash back de la escena 17, completándola para darnos a entender una de las claves de interpretación de la película entera: la miseria social a la que están sometidos los tres jóvenes empieza a quitarles sus sueños, y aún más, su capacidad de imaginación y pues de creación que no es sino la base del anhelo de evolución del Hombre. Frente al único momento de armonía de la película que remite al mito de El Dorado (el espectáculo de los músicos ambulantes capaces de hacer “llover dinero del cielo”), acentuado por los numerosos movimientos de cámara que siguen la mirada de los protagonistas desde el cielo hacia abajo, los travelings horizontales y la música alegre que crean un aspecto casi irreal, mágico, la respuesta de Javi, así como los planos cercanos sobre las caras de sus compañeros dejan entrever la violencia de la miseria social que ha acabado con los sueños de este adolescente.
Esta misma temática se encuentra en el dibujo de Quino en el que la rutina y la miseria social de la sociedad moderna triste y automatizada (caracterizada por la pérdida de identidad de los personajes que aparecen sin rasgos, encorvados, iendo y viniendo tales Sísifo) son como cadenas que impiden al hombre aspirar a un “allá” soñado y mejor.
El Incipit de Cien años de soledad, presenta al personaje misterioso de Melquíades. Es de notar la dicotomía en su presentación a la vez heróica y casi sobrenatural (nótese las numerosas hipérboles), y por otro lado muy humana en dos frases antitéticas: ” Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana.” 
Este personaje reúne así las características del héroe, del mito pero también de la condición humana y podría ser una síntesis de los elementos destacados en los otros personajes anteriormente.
Por otro lado, el grupo de los gitanos aparece aquí, como en la secuencia de la película como portador de tradiciones y leyendas que sucitan admiración y atracción de la gente espectadora. Es uno de esos “relatos fantásticos” que va a originar el afán de oro de José Arcadio Buendía y su rocambolesca experiencia de alquimista. De la misma manera, el episodio de la dentadura postiza de Melquíades llevará a José Arcadio a soñar con un “allá” más evolucionado y fantástico que su situación actual (véase su última réplica: "En el mundo están ocurriendo cosas increíbles", le decía a Úrsula. "Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros.")

El estudio de este dossier se podría hacer según el plan siguiente:
1. La triste realidad de la sociedad.
2. El mundo soñado
3. El Dorado vs Sísifo, o la necesidad del mito como afán creador y redentor.

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